Adrien Valcourt: Las Joyas de París
Robo, intriga y elegancia criminal en una novela de misterio.
10,99 €
¿De qué va?
Un robo imposible sacude París: Las joyas de la corona son robadas del Louvre a plena luz del día. ¿El único sospechoso? Adrien Valcourt, un ladrón que desafía a los cuerpos de policía del mundo a la vez que al mismo tiempo.
Durante más de 200 años sus robos han dejado huella en el mundo del arte: Siempre sin violencia, siempre limpios, siempre sin resolver. ¿Quién es Adrien Valcourt? ¿Cómo logra salir siempre victorioso?
Las joyas de París es un thriller literario que mezcla arte, crimen y filosofía, con ecos de Baudelaire y Vidoq, y una atmósfera que envuelve al lector desde la primera página. Una novela para quienes creen que el verdadero lujo está en el misterio.
Primer contacto
Prólogo: T—7 horas.
02:30 horas.
La luna llena sobre París. El octubre francés aguarda, sin saber los sucesos que están por venir. El viento frío reemplaza ya a la calidez de hace unas semanas. El Sena
arrastra rumores y temores a partes iguales. Las calles gastadas escuchan el sonido de un viejo reloj de bolsillo, que descansa sobre la enguantada mano de una sombra, cubierta con un sombrero de ala ancha y
apoyada sobre su fiel paraguas.
En el preciso instante que las agujas marcan las 2:30, el reloj se cierra bruscamente, y en su cubierta la luna ilumina el viejo escudo de armas de los Valcourt. Una frase se le escapa, apenas un susurro:
—El juego va a comenzar.
Nadie está allí para escucharla. Frente a sus ojos, una pirámide de cristal flanquea la entrada al museo. Durante un momento, ni el viento se atreve a soplar.
Permanece en pie, impasible, inamovible, eterno. La ciudad de París duerme a su alrededor. El suave arrullo del Sena susurra en sus oídos. El pétricor de los jardines y zonas verdes cercanas llena su olfato de aromas de otoño. Los dóciles bailes de los reflejos lunares sobre las superficies pulidas encandila sus ojos. Los faroles de luz cálida, como si cien candelas flanqueasen las calles aledañas, le traen recuerdos de un pasado distante.
A lo lejos, se ve el reflejo de las luces de algún coche despistado. Pero aquí, en el centro de la ciudad, entre el río y el cielo, nada perturba la quietud eterna. Todo está tranquilo.
—Esta es la última noche —piensa.— La calma que precede a la tempestad. La última noche de ignominia, la noche que lo oculto se revela y que la verdad dormida despierta. No hay duda: Mañana París, Francia y el mundo conocerán el nombre de Adrien Valcourt
02:30 horas.
La luna llena sobre París. El octubre francés aguarda, sin saber los sucesos que están por venir. El viento frío reemplaza ya a la calidez de hace unas semanas. El Sena
arrastra rumores y temores a partes iguales. Las calles gastadas escuchan el sonido de un viejo reloj de bolsillo, que descansa sobre la enguantada mano de una sombra, cubierta con un sombrero de ala ancha y
apoyada sobre su fiel paraguas.
En el preciso instante que las agujas marcan las 2:30, el reloj se cierra bruscamente, y en su cubierta la luna ilumina el viejo escudo de armas de los Valcourt. Una frase se le escapa, apenas un susurro:
—El juego va a comenzar.
Nadie está allí para escucharla. Frente a sus ojos, una pirámide de cristal flanquea la entrada al museo. Durante un momento, ni el viento se atreve a soplar.
Permanece en pie, impasible, inamovible, eterno. La ciudad de París duerme a su alrededor. El suave arrullo del Sena susurra en sus oídos. El pétricor de los jardines y zonas verdes cercanas llena su olfato de aromas de otoño. Los dóciles bailes de los reflejos lunares sobre las superficies pulidas encandila sus ojos. Los faroles de luz cálida, como si cien candelas flanqueasen las calles aledañas, le traen recuerdos de un pasado distante.
A lo lejos, se ve el reflejo de las luces de algún coche despistado. Pero aquí, en el centro de la ciudad, entre el río y el cielo, nada perturba la quietud eterna. Todo está tranquilo.
—Esta es la última noche —piensa.— La calma que precede a la tempestad. La última noche de ignominia, la noche que lo oculto se revela y que la verdad dormida despierta. No hay duda: Mañana París, Francia y el mundo conocerán el nombre de Adrien Valcourt