Portada de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la @
Contraportada

¿De qué va?

En una red social, de cuya URL no quiere acordarse nadie, vive Alonso Q., un hombre convencido de que el mundo digital necesita ser salvado.
Donde otros ven publicaciones, él ve conspiraciones.
Donde otros ven algoritmos, él ve encantadores.
Donde otros ven comentarios, él escucha llamadas a la justicia.

Armado con su teclado, su conexión a internet y una determinación inquebrantable, Alonso decide convertirse en caballero andante del siglo XXI y combatir los gigantes invisibles que habitan las redes.

Pero en un mundo donde la realidad se mide en “likes” y la verdad compite con el ruido, la línea entre lucidez y delirio es cada vez más difusa.

¿Está loco quien ve patrones en todas partes?
¿O simplemente ha llevado hasta el extremo una lógica que todos usamos a diario?

Don Quijote de la @ es una reinterpretación contemporánea del clásico de Cervantes que traslada la locura caballeresca al universo digital y plantea una pregunta incómoda:

¿Quién construye hoy la realidad?

Lee un fragmento

Primer contacto

Capítulo I
Donde se da noticia del hidalgo que comenzó a perder
horas en la red y de cómo, sin advertirlo, fue ordenando su
entendimiento en forma de empresa
En una red social, de cuya URL no quiero acordarme, no ha
mucho tiempo se conectaba un hidalgo de los de portátil
antiguo, router parpadeante y silla giratoria con un brazo
vencido; de los que tienen más contraseñas que amigos
frecuentes y más pestañas abiertas que asuntos resueltos.
Llamábase Alonso Quijada —que en esto no hay duda,
aunque algunos archivos digitales le nombren Quesada y
otros Quejana, según el descuido del tecleo— y frisaba los
cincuenta y seis años, edad en que el hombre, si no es
prudente, comienza a pensar que el mundo le ha tomado
cierta ventaja y que corre más de lo que él alcanza.
Habíale acontecido que, tras veintiocho años de servicio
diligente en una empresa de administración mercantil,
fue convidado con suaves palabras y mejores números a
retirarse antes de tiempo; no por falta de celo, que nunca
le faltó, ni por error en sus cuentas, que eran exactas como
el pulso de un reloj antiguo, sino por sobrarle experiencia
en un mundo que empezaba a preferir aplicaciones donde
antes bastaban cuadernos. Dijéronle que era