Portada de Adrien Valcourt: Orígenes
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Adrien Valcourt: Orígenes

Antes de convertirse en leyenda, fue un niño que aprendió a observar lo que los demás ignoraban. Y antes de eso, hubo un diamante secreto. París, finales del siglo XVIII. La Revolución ha destruido coronas, apellidos y antiguos privilegios. Pero entre las sombras de una Europa que cambia para siempre, una familia guarda un secreto mucho más valioso que cualquier trono. Un secreto ligado a un diamante maldito. A unos diarios ocultos. Y a un legado destinado a sobrevivir siglos. Mucho antes de los robos imposibles que desafiarían a INTERPOL, mucho antes de las tarjetas firmadas con versos de Baudelaire, existió un joven llamado Adrien Valcourt. Un muchacho silencioso y observador que aprenderá de relojeros, ilusionistas, criminales y nobles caídos en desgracia que el verdadero poder no consiste en poseer riquezas… sino en controlar aquello que el mundo cree ver. Desde los salones de Versalles hasta los callejones oscuros de París, desde sociedades secretas hasta los primeros maestros del ilusionismo moderno, Orígenes revela por primera vez el nacimiento del mito de Adrien Valcourt y de la enigmática Maison Mirval. Porque algunos hombres roban joyas. Otros roban secretos. Y los mejores… roban certezas.

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Misterio
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CAPÍTULO 1
La estatua de Brahma. 1666
El calor llegaba antes que el amanecer.
Incluso en mitad de la noche, el aire de Tanjore permanecía espeso, inmóvil, cargado de humedad y humo de aceite. Los hombres que habían acampado junto al río no conseguían dormir. Algunos fingían hacerlo; otros permanecían sentados, afilando cuchillos que ya estaban afilados o mirando la oscuridad con esa mezcla de miedo y codicia que suele preceder a los malos negocios.
A lo lejos, entre la vegetación, sobresalía la silueta del templo. Negra. Enorme. Antigua.
El más joven de los europeos escupió al suelo y volvió a mirar la estructura.
—No me gusta —murmuró.
Nadie respondió.
Llevaban semanas escuchando historias sobre aquel lugar. Historias absurdas, por supuesto. Los europeos siempre llamaban absurdas a las supersticiones ajenas justo antes de cometer una estupidez irreversible.
Decían que la estatua veía. Que los ojos del dios observaban incluso en la oscuridad. Que los ladrones enfermaban. Que los hombres desaparecían.
Que uno de los sacerdotes había arrancado sus propios ojos después de contemplar demasiado tiempo las piedras azules.
El mercenario francés soltó una risa seca.
—Los sacerdotes siempre inventan maldiciones cuando poseen algo caro.
Aquello sí provocó algunas sonrisas nerviosas. El jefe del grupo seguía callado. Era holandés, enorme y práctico, con la clase de rostro que parecía tallado con un hacha roma. Extendió un mapa rudimentario sobre una caja y señaló una entrada lateral.
—Aquí —. Hablaba un francés torpe, suficiente para hacerse entender.
—Los monjes abandonan el ala este antes del amanecer. Entramos, cogemos las piedras y salimos antes de que amanezca.
—¿Y si las historias son ciertas? —preguntó el muchacho otra vez.
El holandés levantó la vista lentamente.
—Entonces seremos ricos y malditos.
Volvió a enrollar el mapa. La conversación terminó ahí. Porque todos sabían ya lo importante:
las piedras existían. Y eso era suficiente.
* * *
El templo olía a sándalo, polvo y siglos.
Los hombres avanzaban con antorchas cubiertas, intentando que la luz no escapara demasiado entre las columnas. Bajo sus botas, el mármol desgastado parecía sudar humedad. Había figuras talladas por todas partes: dioses con demasiados brazos, animales imposibles, guerreros, demonios y criaturas cuyos nombres los europeos jamás aprenderían.
El muchacho no dejaba de mirar hacia arriba. Aquello no se parecía a ninguna iglesia. No se parecía a nada que hubiera visto. El silencio era lo peor.
No un silencio vacío, sino atento. Como si el templo entero estuviera escuchando. El holandés levantó una mano.
Todos se detuvieron. Frente a ellos se abría la sala principal.
Y allí estaba Brahma.
La estatua se alzaba sobre un pedestal de piedra negra, iluminada apenas por decenas de pequeñas lámparas de aceite que seguían ardiendo a pesar de la hora. El dios parecía observarlos desde otro tiempo. Tenía cuatro rostros, coronas talladas y una expresión imposible de interpretar.
Pero no era aquello lo que importaba. Eran los ojos.
Dos diamantes azules. No especialmente grandes. No comparados con otras gemas reales europeas, al menos.
Pero había algo perturbador en ellos. El azul parecía moverse bajo la luz, como agua profunda. Ninguno de los hombres habló durante varios segundos.
El muchacho tragó saliva.
—Dios mío…
El francés sonrió lentamente.
—No. Solo diamantes.
Sacó una pequeña herramienta metálica. El holandés se volvió hacia los demás.
—Rápido.
Uno de los mercenarios empezó a llenar un saco con objetos de oro cercanos al altar. Otro arrancó pequeñas piedras de una pared incrustada de joyas menores. El muchacho permanecía quieto, observando a Brahma. No podía apartar la vista de aquellos ojos.
El francés subió los escalones del pedestal.
Sus movimientos eran precisos, casi delicados. Introdujo la herramienta junto al primer diamante y empezó a trabajar con paciencia. El sonido metálico resonó débilmente en la sala.
Clac.
El primer diamante salió. El francés lo sostuvo ante la antorcha. Incluso cubierto de polvo, el azul era hipnótico.
—Por todos los santos…
El holandés extendió la mano.
—Guárdalo.
Pero el francés no obedeció inmediatamente. Miraba la piedra fascinado. Y durante un instante tuvo la absurda sensación de que el templo entero acababa de quedarse ciego de un ojo.
Entonces ocurrió algo.
No un milagro. No una maldición. Solo un ruido.
Un golpe seco en algún lugar lejano del templo. Todos se giraron.
Después otro. Y otro más.
Campanas.
Las campanas empezaron a sonar por todo el recinto.
El muchacho palideció.
—Nos han descubierto.
—¡El segundo! —gritó el holandés.
El francés volvió hacia la estatua y arrancó el otro diamante con menos cuidado. Aquella vez la piedra cayó al suelo antes de que pudiera atraparla.
El sonido contra el mármol fue extraño. Ligero. Casi decepcionante. Como si algo tan valioso no debiera sonar así.
El francés la recogió rápidamente. Y entonces miró hacia Brahma. La estatua permanecía inmóvil. Pero sin los diamantes, el rostro parecía distinto. Vacío. Muerto.
El muchacho retrocedió un paso.
—Tenemos que irnos.
El holandés ya corría hacia la salida. Los demás lo siguieron atropelladamente, cargando oro, joyas y figuras robadas. Solo el muchacho dudó un segundo más.
Miró por última vez las cuencas vacías del dios. Y juraría, años después, que aquella expresión no parecía furia.
Parecía tristeza.
Abandonaron el templo antes del amanecer.
* * *
El cielo empezaba a aclararse sobre la selva cuando llegaron al río. Allí, ocultas entre juncos y barro, aguardaban varias embarcaciones pequeñas.
El holandés repartió órdenes rápidas.
—Separad el oro. Las piedras conmigo.
El francés entregó los diamantes envueltos en tela oscura. El holandés los observó apenas unos segundos antes de guardarlos dentro de una caja de madera reforzada. Ni siquiera él parecía cómodo sosteniéndolos demasiado tiempo.
El muchacho seguía mirando hacia el templo. Desde la distancia, apenas se veía ya la silueta entre árboles y niebla.
—¿Qué ocurre? —preguntó el francés.
El joven dudó. Después negó con la cabeza.
—Nada.
Mentía. Porque acababa de comprender algo que los demás aún ignoraban. Aquellos hombres no habían robado simplemente dos diamantes. Habían robado una historia. Y las historias robadas siempre terminaban reclamando algo a cambio.